NUESTRO FUTURO NO LO PODEMOS PREDECIR. ¡DEBEMOS CONSTRUIRLO!

La manera de percibir nuestra realidad ha sufrido un cambio trascendental. Tradicionalmente, se concebía que el cosmos se encontraba compuesto por una cantidad infinita de cosas u objetos que, a menudo, se agrupaban formando nuevas entidades. Las características de estas entidades están determinadas por las de sus componentes: el todo es la suma de sus partes. Algunas de esas cosas, al parecer, guardan entre ellas una relación de causalidad. Como se presentan de manera secuencial, dan la impresión de que la presencia de un primer elemento causara la presencia de un segundo elemento. El primero aparece como la causa y el segundo como el efecto. Entre dos elementos se conforma una relación de causa a efecto

Por ello, se busca identificar aquellos elementos esenciales que pudieran ser las causas primarias y la explicación final de la realidad. Una vez que se logren identificar esas causas esenciales, se pueden establecer unas relaciones de causa a efecto que permiten controlar y predecir sus consecuencias en todo tiempo, lugar y circunstancias. Es el mundo de la certeza basada en la existencia de unas verdades universales, unas leyes de la naturaleza, que pueden expresarse con fórmulas matemáticas. Esta es la concepción atomista y determinística de nuestra realidad.

Esa concepción tradicional, estática y determinista de la realidad contrasta con una visión contemporánea que sostiene que nuestra realidad es un proceso de evolución permanente compuesto por un inmenso número de procesos de cambio interconectados. Ya no existen solo relaciones de causa a efecto sino de interdependencias. De las múltiples interrelaciones entre sus componentes, emergen resultados impredecibles. Esta visión contemporánea ubica a las acciones de los agentes, sus interdependencias y la incertidumbre sobre los resultados de esas acciones, en el centro de los procesos evolutivos. El proceso de “llegar a ser” reemplaza al de “ser” (objeto) como la consideración principal.

Por ello, el dinamismo y la incertidumbre de las interrelaciones reemplazan las leyes de lo estático y determinista. De esa manera, el todo puede ser mayor o menor que la suma de las partes. Esta concepción moderna reconoce la acción humana como su eje, la fuente primigenia de las innovaciones que alimentan el dinamismo de los procesos de cambio. Estamos entonces inmersos en un eterno proceso evolutivo cuyo eje, las acciones e interacciones, van configurando un futuro de naturaleza impredecible, aunque comprensible. 

Para comenzar a comprender los procesos de cambio, primero se deben identificar sus componentes y luego los efectos de sus interrelaciones a lo largo del tiempo. La sigla IARA, a saber: Intenciones, Acciones, Resultados y Aprendizaje, identifica los factores constituyentes de dicho proceso. Aunque existen procesos de cambio de diversa naturaleza, aquí el análisis se reduce a aquellos en los que las acciones se llevan a cabo de manera voluntaria por los seres humanos.

Estas Acciones tienen unos antecedentes, sus Intenciones, y unas consecuencias, sus Resultados. Estos son los tres primeros componentes de los procesos de cambio, entre ellos existe una aparente relación de causalidad: las intenciones conllevan la escogencia de las acciones, que producen unos resultados con los que se aspira materializar las intenciones.

Si la intención de esas acciones es influenciar el comportamiento de terceros, que gozan de la libertad de elegir, entonces los resultados serán siempre inciertos, porque dependen justamente de la voluntad de esos terceros. Esa libertad de los terceros genera incertidumbre sobre los resultados de aquellas acciones que pretenden influenciar su conducta. Si no existiera esa libertad, los resultados estarían predeterminados y serían predecibles. Por lo tanto, en condiciones de incertidumbre, la escogencia de las acciones con las que se aspira cumplir con una intención, son solo unos ensayos o experimentos en búsqueda de identificar aquellas, cuyos resultados permitan concretar la intención de la mejor manera. 

La comparación de los resultados obtenidos en esos ensayos con aquellos que se esperaban alcanzar permite hacer un juicio objetivo sobre la idoneidad, o incapacidad, de las acciones para producir los resultados que materialicen las intenciones. Se miden los resultados de las acciones, pero se evalúa la idoneidad o incapacidad de las acciones para lograr el propósito o la intención. Este juicio provee información objetiva que permite identificar maneras para corregir la forma de emprender o elegir nuevas acciones. Por lo tanto, permite el aprendizaje sobre su eficacia para alcanzar el propósito.

Este Aprendizaje es el cuarto componente que configura un proceso evolutivo en el que la escogencia de las acciones está influenciada, ya no solo por las creencias o expectativas sobre su capacidad de satisfacer las intenciones, sino por el aprendizaje que provee la evaluación de las acciones emprendidas con anterioridad. Así se completa el círculo virtuoso de IARA, con el que se lleva a cabo un proceso evolutivo, dónde se van identificando nuevas acciones o maneras de emprenderlas, y así poder cumplir con la intención.

Esta es la esencia del proceso evolutivo: emprender nuevas acciones en búsqueda de formas más efectivas para lograr los propósitos. Nuevas acciones, o variaciones, ya no generadas por el azar sino por la decisión consciente de introducirlas con el propósito de avanzar a la luz del aprendizaje de las lecciones de la experiencia. Estas Innovaciones se someten a la prueba de la selección, ya no la natural, sino la selección basada en el aprendizaje sobre su efectividad para el logro

de las intenciones. Esta es la esencia de un proceso evolutivo, de cambio y de desarrollo: un proceso en el que el aprendizaje, sobre los resultados de unas acciones tomadas en el pasado, se utiliza para identificar nuevas acciones que se emprenden en el presente para ir construyendo un futuro mejor.

En condiciones de incertidumbre, sin embargo, el aprendizaje no se puede conseguir mientras no se hayan emprendido las acciones y se hayan evaluado sus contribuciones al cumplimiento de las intenciones que las motivaron en un inicio. En esas condiciones, el aprendizaje es posterior a la actuación. Es decir, ante la incertidumbre se debe llevar a

cabo una primera acción. Se emprende esa acción, se evalúa su resultado y se adquiere el conocimiento para emprender nuevas acciones. L

a primera respuesta ante la incertidumbre es emprender las acciones.

Los resultados de estas nuevas acciones, emprendidas a la luz del aprendizaje sobre los resultados de las acciones anteriores, van configurando una trayectoria que muestra la historia de los resultados de aquellas acciones emprendidas en búsqueda de cumplir con la intención inicial. La tendencia de esa trayectoria indica si los resultados del proceso evolutivo se están aproximando o no, a los esperados. La evaluación de esa tendencia permite identificar las correcciones de rumbo necesarias para mejorarla, o eventualmente, cambiar la intención cuando los resultados de las acciones hayan sido siempre infructuosos.

Las personas y las empresas que evolucionan son aquellas que:

  • Actúan intencionalmente, es decir, lo hacen con un propósito.
  • Evalúan las acciones hechas por las contribuciones de sus resultados al logro de aquel propósito.
  • Aprenden a identificar nuevas y mejores formas de actuar.

De esta manera, las personas y empresas aprenden de las lecciones de sus experiencias, a configurar su proceso evolutivo; su círculo virtuoso IARA. Ellas no pretenden en vano predecir el futuro, sino que lo construyen emprendiendo nuevas acciones que prometen mejores resultados.